
Bicentenario de las Revolución Latinoamericana/1810 Revolución de Mayo - HologramaBlanco
Durante la etapa virreinal, España mantuvo un férreo monopolio en sus colonias americanas. La condena a la intermediación perpetua por parte de España encarecía los intercambios comerciales y sofocaba el crecimiento de las colonias. La escasez de autoridades españolas y la necesidad de reemplazar al régimen monopólico, sumado a las convulsiones que se vivían en Europa tras la invasión napoleónica, llevaron a un grupo destacado de la población criolla a impulsar un movimiento revolucionario. Hombres revolucionarios que buscaron con empeño lograr el objetivo definitivo que fue y es, terminar con la toma del poder. Aunque duden o piensen en otra cosa, ayer como ahora, el poder es el objetivo estratégico sine qua non de las fuerzas revolucionarias y todo debe estar supeditado a esta gran consigna. Para la toma del poder, en este mundo polarizado en dos fuerzas de extrema disparidad y absoluto choque de intereses, no puede limitarse al marco de una entidad geográfica o social.
La Revolución de Mayo, comenzó cuatro años antes del nombrado 1810, en 1806 y 1807, momento en que Buenos Aires rompe los moldes burocráticos establecidos para reclutar milicias y pone en pocos meses de pie a "nueve mil hombres de pelea" para rechazar a los invasores ingleses. Convergen entonces, dos movimientos simultáneos. Por un lado, la ciudadanía se arma espontáneamente ("los cuerpos urbanos habían sido autorizados a nombrar sus propios oficiales y los oficiales a nombrar sus jefes"); por otro, el Cabildo destituye al virrey Sobremonte e instala a Santiago de Liniers, a quien proclama, según una exaltada metáfora, "el rugido de la masa". De este modo, sin ningún plan deliberado, los criollos "convirtieron en partidos políticos y situación armada lo que hasta entonces no habían salido de la vida interna de los habitantes" Interrelación de voluntad de poder con el azar de las circunstancias: en aquélla época los acontecimientos comienzan a ser arrastrados por una fatalidad revolucionaria que expresa tendencias irreprimibles.
Esta claro que los pueblos de América son revolucionarios desde su nacimiento, y por serlos han sido reprimidos con mayor dureza que en otras partes. Pero es justamente en la ruptura del orden establecido, en ese subvertir las instituciones instauradas en donde nosotros comenzamos a hacernos fuertes y a tener identidad propia realmente.
Por lo tanto, de ninguna manera debemos recordar el Bicentenario desde la visión parcial de la misma, simplemente analizando el hecho sucedido en el Cabildo donde la escaramuza municipal producida en un rincón poco poblado y periférico del imperio español generó un proceso que terminó en la Independencia de ese país, sino debemos ir mucho más allá y analizarlo desde la perspectiva política. Es por eso que debemos recordar esos 200 años como la emancipación americana en general. Y es en general porque así fue planteada, en aquellos años el continente era una sola unidad; al menos contenía estructuras estatales (los virreinatos) con ese rasgo; entre 1809 y 1810 esas estructuras se independizan, intentando no perder la unidad que se había roto en las guerras revolucionarias americanas. Pero esto no pudo ser posible, porque la independencia se alcanzó a costa de la unidad establecida anteriormente, hacia 1850, aquello que se pensó logrado en la batalla de Ayacucho, se había perdido en las guerras civiles, y aquellos ejércitos que habían luchado juntos para independizarse del imperio, habían caído en la órbita de otros imperios y peleaban entre sí por las fronteras ficticias en las que se había dividido este continente. Erradamente se creyó que venciendo al enemigo español se terminarían los problemas, cuando el enemigo siempre ha sido otro, escondido detrás de diferentes Imperios, naciones, religiones y patrones, enemigo que aún enfrenta a los Pueblos y los esclaviza de alguna u otra manera.
El resultado final de esa historia, a mediados del siglo XIX, fue la creación de países, independientes entre sí, más relacionados con Europa que entre ellos, en los cuales lograron crecer y desarrollarse sectores que vincularon su economía al mercado global. Los fundadores de la nacionalidad americana pensaron en la igualdad social, en la independencia nacional y en la unidad del continente, pero la derrota política hizo que el continente se resquebrajara en varios países, que la independencia nacional quedara debilitada y se transformara en dependencia económica, y que la desigualdad social no pudiera resolverse como se había planteado.
A 200 años de aquella época debemos volver a pensar en la unidad latinoamericana. Y por lo tanto no tendría sentido un Bicentenario tan solo restaurador o conmemorativo que muestre el pasado a la distancia, como el que mira indiferente una foto vieja. Porque no sirven en este caso las nostalgias nacionalistas, sino las visiones de futuro, y esas visiones son una sola visión la de una sola Tierra, la de un solo Pueblo, la de un solo sistema que sea justo, social, inclusivo y equitativo para todos, un sistema que nos encuentre unidos y no separados, donde no haya explotados y explotadores de ninguna índole y de ninguna clase ordenando quien vive y quien muere, como se vive o como se muere, y que solo exalten principios morales que son egoístas y mezquinos, sino que propicie principios que sean comunes, sociales y compartidos.
En ningún momento debemos perder la fe en la vida y en aquellas banderas que se han levantado a lo largo de la historia para derrotar al Imperio. Grandes hombres ya nos han mostrado el camino a seguir, de todo lo que dijeron e hicieron podemos resumir lo siguiente, que debemos impulsar aspiraciones sociales y políticas que devenguen en sentimientos y valores buenos para la sociedad, los cuales estén siempre en función de causas justas que nos hermanen, y que “la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias (son) completamente ficticia, (porque) constituimos una sola raza mestiza desde México hasta el Estrecho de Magallanes”. Y si bien todos estos revolucionarios a lo largo de la historia representaron movimientos totalmente heterodoxos en sus formas y manifestaciones, todos ellos se han caracterizado por las luchas anticoloniales y el tránsito al socialismo en cada una de sus palabras, ideas y acciones, le guste al que le guste y le moleste al que le moleste.
Estas luchas son y fueron el reconocimiento a la posibilidad del triunfo del bien sobre el mal, de la justicia sobre la injusticia; a la propensión de ver y juzgar los hechos, procesos y fenómenos de la realidad a partir de potenciar su realización más favorable para todos; es la confianza en el mejoramiento humano y la posibilidad del sujeto de accionar y ser capaz de transformar el mal en algo favorable para el hombre. French, Berutti, Belgrano, Justo creyeron en que el cambio era y debía ser posible, Martí primero, el Che y Camilo después lo fueron en Cuba, Zapata en México, Sandino en Nicaragua, todos creyeron y dieron la vida por esa victoria de la que nunca dudaron y en la que siempre creyeron y confiaron.
Así Mariano Moreno nos enseñó que “Felizmente, se observa en nuestras gentes, que sacudido el antiguo adormecimiento, manifiestan un espíritu noble, dispuesto para grandes cosas y capaz de cualesquier sacrificio que conduzca a la consolidación del bien general”, y aunque rostros sucios, cansados, golpeados y muertos de hambre hoy por hoy parecen haber perdido la brújula y andan extraviados y pesimistas por la vida, en el fondo de nuestro pecho se agitan incontrolables corrientes revolucionarias en el que anida el germen del cambio definitivo, son las corrientes revolucionarias de ayer y de hoy, las mismas que produjeron la revolución en Argentina y en toda Latinoamérica, y nos permiten hoy gritar con fuerza, como dice la letra del Lopez y Planes, “¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Oíd el ruido de rotas cadenas: ved del trono a la noble Igualdad!”.
Y estas revoluciones se hicieron gracias a la sangre de millones de hombres y mujeres, vidas que se perdieron debido a la brutal fuerza que implementa ferozmente el poder para impedir cualquier movimiento revolucionario que pueda terminar con su falso poder. En todos estos últimos años, muchas han sido las fórmulas que se han ensayado para contener estos levantamientos justos, pasando de la represión despiadada de los 60 y 70, hasta transiciones que han oscilado entre una aparente democratización y una violencia sutil, casi imperceptible. Este panorama es más evidente, a partir de la desaparición del mundo socialista y la implementación del Neoliberalismo y la Globalización, donde los esquemas de dominación se volvieron más absolutos que antes.
¿Qué es la historia de América Latina sino la historia de Asia, África y Oceanía? ¿Y qué es la historia de todos estos pueblos sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero? América, tanto como África, Asia y Oceanía, son partes de un todo donde las fuerzas económicas han sido distorsionadas por la acción del imperialismo. Pero debemos recordar que América es el patio de armas del imperio norteamericano, por lo tanto a punta de fusil el régimen político, dada sus limitaciones, trae aparejado el abandono de la soberanía nacional y, al contrario de lo postulado, se pierden cada vez más libertades democráticas y se recrudece de nuevo el empleo de la violencia y el autoritarismo, como mecanismos idóneos para frenar cualquier brote de inconformidad, agrediendo tanto las libertades individuales como las colectivas, y la consecuente violación reiterada de los derechos humanos a pesar del discurso oficial de “respeto a los mismos”.
La cultura de lucha por la eliminación de la explotación del hombre por el hombre y de la desigualdad social es por lo que cada Pueblo de América Latina debe luchar. En muchos países de Latinoamérica la revolución es inevitable. Ese hecho no lo determina la voluntad de nadie, está determinada por las espantosas condiciones de explotación en que vive el hombre americano, el desarrollo de la conciencia revolucionaria de las masas, la crisis mundial del imperialismo y el movimiento universal de la lucha de los pueblos subyugados realzan esta situación.
Hace 200 años se gritó por la independencia ganada a los españoles, que en este 2010 próximo a llegar se grite por la revolución que termine de destruir al verdadero imperialismo que nos tortura y reprime siempre.
Que en esta tierra ya no haya abatidos, descorazonados, desalentados buscando siempre, pensando en el destino que se disipa, perdiendo todo hasta vender su alma al amo explotador que no le importa nada más que sus ganancias y no la vida de sus hermanos.

Esta entrada va por el 25 de Mayo y por el 9 de Julio (fechas patrias en mi país) que por diferentes motivos no puede escribir. Va a modo de celebración del Bicentenario en Bolivia del "Grito de la Independencia de América" que fue el 16 de Julio de 1809 y se celebra mañana. Y para que quede en claro mi postura sobre lo que deberían significar estos bicentenarios para el Pueblo Latinoaméricano si quiere que las cosas cambien.
Y tomando las palabras del Che afirmo que:
"He nacido en la Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie."
Que todos los pueblos de esta tierra encuentren providencia, que nunca dejen de creer, ni de ser optimistas y revolucionarios... NO SEAMOS OLVIDADOS, NO SEAMOS COBARDES, NO SEAMOS TRAIDORES, que Latinoamérica es Grande como son las REVOLUCIONES que dentro de sus tierras se libraron para liberar a sus pueblos de la explotación del imperio.







































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