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A 29 años de la Guerra de Malvinas

2 de abril de 1982 fue el comienzo del final para el Proceso de Reorganización Nacional, y fue el principio del fin para nuestras intenciones de recomponer a nuestro territorio una fracción del mismo que fue arrebatado por Inglaterra hace ya varios siglos. Esos años, para cualquier argentino que quiera recordar, se pierden en la niebla espesa del olvido y de la “Operación Olvido” implementada por los militares a la vuelta de Malvinas, se pierden en instantes fríos, angustiante, develándose en la multiplicación de hombres desgarrados que traducen su escisión en la imposibilidad de exceder al contexto particular que los envuelve y asfixia. Todo aquello compone un colage de historias mínimas –y no tanto- que se mezclan con grandes y ruines acciones entre relatos profundos de relatores abyectos y héroes increíbles que no tenían más de 19 años y jamás habían salido de sus pueblos, mucho menos, habían dispardo o se habían entrenado para una guerra.
Las imágenes que se presentan de aquellos años van surgiendo con desagrado, imágenes en blanco y negro, verde oliva, gris ceniciento, sepia, “Iluminados por el fuego”, entre destellos de disparos y explosiones y flashes sin luces en la noche trémula del desengaño de la guerra. Barcos, autos verdes, helicópteros, aviones de combates, amenazas nucleares, comunicados, cables, programas solidarios, artistas fantoches, políticos títeres, muñecos vudú del capitalismo argentino sonriendo en la Sociedad Rural y en la embajada norteamericana. Pero a pesar de toda esta muerte, entre tanto horror, pueden encontrarse colores, anécdotas, sucesos de “chicos” que fueron a dar la vida por su país, en una guerra estúpida que obligó a todos a desgarrarnos por completo, pero esta guerra esconde tramas que pueden darnos enseñanzas y dejarnos esperanza para el futuro por venir. Es el caso del maestro que escribió la carta a sus alumnos y que ayer leyera la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner en el acto celebrado en Río Gallegos por otro aniversario del comienzo de la Guerra de Malvinas.
En principio, la peculiaridad de cualquier guerra anula la condición subjetiva del
testimonio porque el shock que produce hace que la experiencia sea intraducible, intransmisible. El shock enmudece a los hombres. Esa guerra enmudeció a un país entero, convirtió a la Argentina en un cuerpo sin voz, un ser inerte que no pudo atestar nada de lo ocurrido. Se abre así, pues, un hiato entre los acontecimientos relatados por la historia y la vivencia del suceso que cada soldado o ciudadano argentino debió afrontar, en el medio de todo esto, la narración de lo sucedido en cuyo abismo se desgarra el cuerpo propio y se anula la posibilidad de aprehensión colectiva necesaria para purgar el infierno personal, el trauma individual y colectivo que nos quema. Difícilmente podamos sentir lo que siente el otro y mucho menos hacer de muchos sentimientos una uniformidad colectiva que pueda leerse claramente como análisis científico. Pero el recuerdo, la memoria, el contar… una y mil veces contar lo que nos pasó, los que nos pasa hace milagros.
En Malvinas, cada uno vivió experiencias diferentes, por más que haya estado uno a un metro del otro. Se pueden contar 10 mil historias, cada instante fue único para los que los vivieron allá. Para los que acá no eran del sur, ni del interior, para los que no estaban cegados por la dictadura, cada instante también fue único. El resto, bailó al ritmo de los miliares sin ningún cargo de conciencia, ni durante la guerra, ni al rendirnos. Muchos hicieron como si nada hubiera pasado, como si no se hubieran muerto amigos, hermanos, hijos, padres, alumnos, docentes, empleados, obreros, peones y sobre todo, chicos, chicos por doquier soportando la inclemencia de la guerra.
Malvinas, como tantas otras islas de nuestra memoria, es un terreno propicio para dar a luz hombres despedazados y para ocultar las atrocidades cometidas por propios y extraños que tan bien aprendimos a ocultar, pero, desde el momento en que el anclaje en la subjetividad del testimonio no deja lugar, en principio, a la comprensión común, se desprende del acto “censurado” un perfume, un color, una textura que la devuelve al presente y por ella todo vuelve a suceder. Sin embargo, la creciente multiplicación de relatos en torno a la guerra y sus aledaños históricos, no deja que la experiencia se apoltrone en el círculo vicioso, inevitable por algún tiempo, que puede producirse a causa de la reiteración de un modo: la victimización.
La guerra de Malvinas es una parte de la historia reciente argentina. Los datos y testimonios reunidos a lo largo de estos 29 años han logrado quebrar el silencio y poner al descubierto un hecho injusto: durante la guerra los soldados argentinos no sólo tuvieron que combatir al enemigo, sino el hambre, el frío y la inaudita incompetencia y crueldad de sus propios jefes militares. Tuvieron que librar una guerra con la tercera potencia mundial sin ser profesionales, sin tener instrucción, sin tener equipamiento adecuado, sin tener una táctica y una estrategia de combate, sin tener sustento, ni munición. Abandonados a su suerte, mejor dicho, obligados a luchar o ser torturados, fueron dejados ahí, para que los “piratas” ingleses jugaran a la guerra con ellos un rato.
Los ex soldados son testigos de las aberraciones cometidas por oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas, a través de los testimonios de los que sufrieron en carne propia la tortura física, psicológica, los estaqueamientos y la traición se puede reconstruir la “trama” de lo que aconteció en el Atlántico Sur. Ellos fueron testigos de la impericia, la irresponsabilidad y la cobardía por parte de quienes los debían conducir. Les quisieron imponer un pacto de silencio, el que a “ellos” les enseñaron. Intentaron durante todos estos largos años contar otra historia, la que “ellos” denominaron “La Verdadera Historia”. Condicionaron la democracia con las causas de los soldados, y la de “ellos”, su causa, las leyes de obediencia debida y punto final los eximieron de culpa y cargo. Les mintieron a los familiares, nunca hicieron una autocrítica y se ocultaron bajo un manto de olvido e impunidad general.
Lo que se vivió después, al regreso, es decir, la posguerra, estuvo determinado por la indiferencia de una sociedad traumada por su irreflexivo apoyo a la dictadura y el silencio y el olvido impuestos por los militares. Volver fue el comienzo de un doloroso camino para una gran cantidad de soldados sacudidos por el horror vivido y por el porvenir, que ya no sería el mismo. De alguna forma se combatió a los ex combatientes, dándoles la espalda, obligándolos a la marginación, sepultándolos en el olvido, la indiferencia. Resultado: los suicidios de ex combatientes llegan a 500 casos aproximadamente
La indiferencia social posterior al conflicto contrastó con el fervor patriótico que el 2 de abril de 1982 generó el anuncio de la “recuperación” de las islas Malvinas, en boca de Leopoldo Galtieri. La Plaza de Mayo, teñida de color celeste y blanco, se colmó de miles de ciudadanos, entre ellos muchos reconocidos dirigentes políticos y sindicales. Aclamaban al dictador, quien decía: “Si quieren venir, que vengan: les presentaremos batalla”.
Al final de la guerra, el 14 de junio, todo cambió de golpe. Tras la derrota, esa misma gente trató de incendiar la Casa de Gobierno, echó a Galtieri del poder y no quiso volver a hablar de Malvinas por mucho tiempo. El final del conflicto cerró el capítulo de la dictadura y fue un factor decisivo para la reinstauración de la democracia, pero, en cuanto a la guerra, la sociedad no se hizo cargo de sus responsabilidades.
Al volver, las autoridades y la sociedad se comportaban como si los soldados fueran los responsables de la derrota. Hubo un acuerdo tácito para olvidar la guerra, esconder a los que regresaban y borrar de las mentes lo vivido. Para obtener la baja militar, los oficiales hicieron firmar a los soldados una declaración jurada, en la que se comprometían a callar y por ende a olvidar. Hablar de lo ocurrido durante la guerra fue lo primero que prohibieron las Fuerzas Armadas. Así, el dolor, las humillaciones, la frustración, el desengaño, la furia, quedaron dentro de cada uno de ellos hasta tornarse insoportables en muchos casos. Es que hablar, contar, era el primer paso para exorcizar ellos infierno interior y empezar a curar las heridas. Pero no se podía, eran cuestiones de Estado. De modo que el regreso fue cruel, en silencio, a escondidas. La bienvenida quedó para la intimidad del hogar, que en muchos casos, también fue fría.
Es justamente en este registro de victimización en el que se disolvió lo imposible del gesto que representó Malvinas. La pérdida de comunidad que formalmente se patentiza el 14 de Junio de 1982 desperdigó seres, que fueron recogidos –cuando no abandonados– en su dolor subjetivo. En este sentido, la pérdida de comunidad tradujo a los soldados en víctimas, quienes a su vez revertieron su ontología sobre el grueso de la sociedad argentina. O, tal vez, fue un movimiento inverso, por el cual la sociedad argentina al perder su última apuesta fuerte de una comunidad sustancial, simbolizada en Malvinas, halló el camino de victimización y autovictimización como único modo en el que pudo asumir la pérdida de semejante apuesta. En definitiva, el giro histórico ha resultado ser el mismo: todos perdimos la comunidad, todos nos recogimos como víctimas. Y ya quebrados buscamos sosiego en el manto de los derechos humanos, discurso que por su formalismo estaba a la altura de nuestro estado de shock a la vez que iba lavando lenta y progresivamente
todo recuerdo de la comunidad sustancial.
En cada aniversario, debemos entender que es necesario hacer un ejercicio y poner cada cosa en su lugar, revisar ese pasado para construir el futuro, poner a los dictadores y asesinos en la cárcel, como a los responsables de la derrota, también.
"Nosotros debemos saber diferenciar las cosas que ocurrieron, poder separar a quienes gobernaban bajo formas no democráticas del hecho en sí, que es el ejercicio de la soberanía y el rechazo al colonialismo que aún avergüenza en el siglo XXI.” Fueron las palabras pronunciadas por Cristina Fernández de Kirchner en Río Gallegos, en el acto para conmemorar el 29 aniversario del desembarco argentino en Malvinas.
Necesitamos ganarle a nuestra propia guerra y recordar tanto a los que murieron en las islas como a los que volvieron y, como consecuencia de la indiferencia y el olvido, se quitaron la vida.
Malvinas es el símbolo de una amputación violenta y de una historia parcelada. Y cuando no se puede decir todo, muchos prefieren no decir nada. Las aguas que separan a las Malvinas del territorio continental están teñidas de sangre roja, viva, caliente, en su inmensa mayoría de militantes políticos y de excombatientes. Y sin embargo, el frío níveo de un lugar alejado y prescindible dominará nuestra representación de las islas, si no podemos asumirla como parte ineluctable de nuestra historia reciente. Justamente, decíamos que Malvinas marca un punto de inflexión sin el cual los ochenta se tornan impensables. Ellas representaron el símbolo de una refundación aplazante de lo nacional.
A 29 años de aquella guerra, más que decir algo, es imprescindible volver a sentir el derecho pleno a pensar que la historia que nos tocó vivir no fue en vano. Que el dolor no fue –ni es– en vano. Que el recuerdo no debe ser sólo pesadilla. Que la memoria no debe ser convocada sólo una o dos veces al año. Que Malvinas es mucho más que la guerra. Que Malvinas es presente y futuro.
El siguiente es el texto de la carta fechada en Puerto Rivero, el 29 de abril de 1982, y que fue leída ayer durante el acto central por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, en Río Gallegos:
"A mis queridos amigos queridos alumnos de 3* D: No hemos tenido tiempo para despedirnos y esto me tuvo preocupado muchas noches aquí en las Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi deber de soldado: defender nuestra bandera.
"Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí, porque muy pronto vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso cóndor, y le vamos a decir que nos lleve a todos al "país de los cuentos", que como ustedes saben queda muy cerca de Las Malvinas. Y ahora como el maestro conoce muy bien Las Islas Malvinas no nos vamos a perder.
"Chicos quiero que sepan que a la noche cuando me acuesto, cierro los ojos y veo cada una de sus caritas pequeñas riéndose y jugando; cuando me duermo sueño que estoy con Uds. Quiero que se pongan muy contentos y que estudien mucho porque su maestro es un soldado que los quiere y los extraña.
"Ahora solo le pido a Dios volver pronto con ustedes. Muchos cariños de su maestro que nunca se olvida de ustedes.
"Señora además desearía hacer llegar mi recuerdo y saludos a todo el personal: a la Sra. Silvana, al Sr. Galo, Cristina, Nora Mercedes, Bárbara, Isabel y a todos los docentes de mi turno y de la escuela. A la Sra. Alicia quisiera que sepa qué extraño mucho su mate de las 13 hs, y espero pronto volverlo a saborear ya que aquí el desayuno es una especie de mate cocido mezclado con cal de albañil y hasta un poco de cemento, nada de azúcar.
"Habiéndole distraído demasiado su atención pero sintiéndonos por un instante con ustedes. Me decido a concluir estas líneas con la esperanza de encontrarme a la brevedad con ustedes. Afectuosamente. Julio", así concluye la misiva de Julio Cao.
2 comentarios:
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Tuvieron que enfrentar al enemigo foráneo y al enemigo interno que nos los mandó equipados ni suficientemente preparados para tal lid.
Aún duele la muerte y la mutilación de tantos jóvenes.
Algún filósofo alude ... : -Fue un filicidio.
Eran tan chicos.Tenían tanta "vida" por " vivir".
Me sumo al homenaje y al recuerdo.



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Has analizado con la precisión de una disección anatómica los pliegues de este olvido para aquellos que lucharon con el convencimiento de que la patria es una sola. Abrazos.