HologramaBlanco
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Indignados por el capitalismo en elecciones españolas con el fin del PSOE como colorario

Del "No es una revolución, majestad, es una mutación" en Nanterre, o que "Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza" en la facultad de Ciencias Políticas, en aquel Mayo Frances del 68´ a esta manifestación en La Puerta del Sol en Madrid, pasó mucho, pero a la vez, no pasó absolutamente nada. 43 años entre un hecho y el otro y nada cambió. Las clases, las diferencias, las marginaciones, el racismo, el materialismo sigue gobernando nuestros destinos, el mercado se ha encargado de globalizarlo todo y en esa globalización neoliberal nuestra voluntad y futuro se han extinguido por completo.
Las deudas más que nunca se sociabilizan, mientras las ganancias, cada vez más escasas y reducidas para un grupo minúsculo, se privatizan. En esta crisis mundial, la humanidad está pagando la ostentación y la malversación de bienes y riquezas que los directivos de grandes empresas y organismos internacionales han disfrutado en estos últimos 20 años a costas de explotar riquezas, suelos y personas sin ningún reparo. El neoliberalismo se desentendió del proyecto de vida de las nuevas generaciones. Europa está saqueando su propio Estado de Bienestar. Ahora tiene sus propias zonas sacrificables. Lo ha sido antes América latina y lo es gran parte de África. Ahora esos jóvenes españoles desocupados y desencantados que están siendo expulsados del sistema le reclaman a la política su rendición ante los poderes fácticos. No tienen futuro porque la economía, sea del PP o del PSOE, los arrastrará hacia el mismo barro. Se han quedado sin política y el sistema que los contiene no los contenta, más bien, los consume.
El sistema ha exaltado el tener para ser y ha defendido lo indefendible para que el proceso subsista pese a los reclamos, los horrores, las movilizaciones o cuestionamientos que fueran planteados a lo largo de estos años para cambiar la historia. Esta semana que pasó, la juventud se hizo escuchar para que su futuro sea presente y no se extinga. De ese grito, de ese llanto, de ese, desencanto e “indignación”, se abre una posibilidad de cambio al que deberíamos escuchar, defender y agrandar.
Las protestas en la Puerta del Sol no es la protesta de la Qasba tunecina, mucho menos la de la plaza Tahrir, ni el “que se vayan todos” argentino de 2001, aunque las condiciones objetivas están dadas. Las subjetivas comienzan a darse en un escenario que ya deja de sernos ajeno, sorpresivo o extraño. El dispositivo catalizador es mera coyuntura, ¿unas elecciones autonómicas y municipales? El contexto internacional inmediato: la crisis económica, las revoluciones del mundo árabe. Los antecedentes próximos: las movilizaciones por la contaminación del Prestige, las movilizaciones contra la guerra de Irak, o las movilizaciones en Francia a fines del 2010 por el alto desempleo en el país y la Eurozona. ¿Qué desaparece y qué permanece de todo eso? Es difícil saberlo pero podemos aventurar una hipótesis: la deslegitimación del sistema político es un hecho demostrable y las dudas sobre el sistema que rige nuestras vidas aumenta exponencialmente ante cada despido, recorte o ajuste. ¿Hasta donde, hasta cuando? No podemos saberlo, la realidad que muchos de los “indignados” solo se movilizan producto de una posible perdida de privilegios y derechos adquiridos por los años de pertenecer, menos que por una defensa concreta por aquellos que son más desfavorecido o lo fueron antes que ellos. No hubo una Puerta del Sol por los inmigrantes humillados y explotados en España, ni por los desocupados, ni por la ostentación de su clase media, ni por la participación en una guerra como la de Libia hace uno meses. Tampoco por lo que pasa en el Sahara Occidental, ni por otras regiones de África o America Latina.
Pero más que al Mayo Frances, estas movilizaciones que hoy conmueve a España (y que comienza a reverberar en el resto de Europa) estalla en coincidencia con el 140º aniversario de la Comuna de París, una gesta heroica en la cual la demanda fundamental también era la democracia. Pero una democracia concebida como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo y no como un régimen al servicio del patronato y en el cual la voluntad y los intereses populares están inexorablemente subordinados al imperativo de la ganancia empresarial. Por eso las demandas de los “indignados” tienen resonancias que evocan inmediatamente aquellas que con las armas en la mano salieron a defender las parisienses y los parisienses en las heroicas jornadas de 1871. La comuna descreía con razón en la institucionalidad burguesa, insanablemente tramposa porque sólo le preocupaba consolidar la riqueza y los privilegios de las clases dominantes; exigía una democracia directa y participativa y la derogación del parlamentarismo, esa viciosa deformación de la política convertida en hueca charlatanería y ámbito de todo tipo de transas y negociaciones ajenas al bienestar de las mayorías; demandaba la creación de un nuevo orden político, ejecutivo y legislativo, a la vez, basado en el sufragio universal y con representantes revocables y directamente responsables ante sus mandantes; y reclamaba una democracia genuina, no ficticia, en la que tanto los representantes del pueblo como los burócratas del estado tendrían una remuneración equivalente a la del salario obrero, entre otras medidas.
Basta con echar una mirada a los documentos de los “indignados” para comprobar la asombrosa actualidad de las demandas de los comuneros y lo poco que ha cambiado la política del capitalismo. Los jóvenes y no tan jóvenes que revientan unas 150 plazas de España se rebelan en contra de la falsa democracia, surgida de las entrañas del franquismo y consagrada en el tan aplaudido Pacto de la Moncloa, exhibido ante los pueblos latinoamericanos como el seguro camino hacia una verdadera democracia. Una democracia que los acampados denuncian como un simulacro que bajo sus edulcorados ropajes oculta la persistencia de una cruel dictadura que descarga el peso de la crisis desatada por los capitalistas sobre los hombros de los trabajadores. Lo que la “ejemplar” democracia de la Moncloa propone para enfrentarla es facilitar los despidos de los trabajadores, reducir sus salarios, recortar los derechos laborales, congelar las pensiones y aumentar la edad requerida para jubilarse, disminuir empleo público, recortar los presupuestos en salud y educación, privatizar empresas y programas gubernamentales y, coronando toda esta estafa, reducir aún más los impuestos a las grandes fortunas y a las empresas para que con el dinero sobrante inviertan en nuevos emprendimientos.
En la página tomalaplaza.net, donde se concentra en España toda la información sobre las plazas tomadas en toda Europa, aparece un manifiesto que obviamente no es “oficial”, ya que la protesta no tiene líderes ni caras visibles hasta ahora. Precisamente, dice que “somos personas que hemos venido libre y voluntariamente, que después de la manifestación decidimos reunirnos para seguir reivindicando la dignidad y la conciencia política y social. No representamos a ningún partido ni asociación. Nos une una vocación de cambio. Estamos aquí por la dignidad y por solidaridad con los que no pueden estar aquí. ¿Por qué estamos aquí? Estamos aquí porque queremos una sociedad nueva que dé prioridad a la vida por sobre los intereses económicos y políticos. Abogamos por un cambio en la sociedad y en la conciencia social. Demostrar que la sociedad no se ha dormido y que seguiremos luchando por lo que nos merecemos mediante la vía pacífica. Lo queremos todo, lo queremos ahora, si estás de acuerdo, ¡únete! Es mejor arriesgar y perder que perder por no haber arriesgado”.
Circula otro Manifiesto de los Indignados, ese otro escrito se llama “Democracia real ya” y sigue la misma línea del anterior, pero profundiza el cuadro de situación según lo ven quienes han salido a la calle y no quieren volver a sus casas, jóvenes y viejos con el hechizo del Pensamiento Unico ya roto. Contiene algunas de estas ideas:
- Las prioridades de toda sociedad avanzada han de ser la igualdad, el progreso, la solidaridad, el libre acceso a la cultura, la sustentabilidad ecológica y el desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas.
- Existen derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal y derecho al consumo de los bienes necesarios para una vida sana y feliz.
- El actual funcionamiento de nuestro sistema económico y gubernamental no atiende estas prioridades y es un obstáculo para el progreso de la humanidad.
- La democracia surge del pueblo, así que el gobierno debe ser del pueblo. Sin embargo, en este país la mayor parte de la clase política ni siquiera nos escucha. Sus funciones deberían ser llevar nuestra voz a las instituciones, no la de enriquecerse y medrar a nuestra costa, atendiendo sólo a los dictados de los grandes poderes económicos y aferrándose al poder a través de una dictadura partidocrática encabezada por las inamovibles siglas del PSOE.
¿Quiénes se movilizan en España? Algunos los conocen como el “Movimiento 15-M”, otros como “Democracia real ya”, pero todos los identifican fácilmente cuando se habla de los “Indignados” que llenan las plazas de más de sesenta ciudades españolas y frente a las embajadas de España en muchos países, como la Argentina. Rechazan tanto al gobernante Partido Socialista como al Partido Popular, y demandan un cambio político de cara a las elecciones municipales y autonómicas que se realizaron este domingo.
Se trata de la primera movilización espontánea de la sociedad civil española ante la situación de crisis económica que atraviesa el país, con casi 5 millones de desocupados y un mercado laboral precario, que está causando graves problemas de exclusión social. Los jóvenes, entre quienes el desempleo se eleva hasta el 50 por ciento, fueron quienes encendieron la llama, al igual que ocurrió en las revueltas del mundo árabe, pero luego se sumaron desempleados, trabajadores precarios, jubilados y ciudadanos enfadados por la crisis económica y de representatividad política.
El Movimiento del 15-M se ha desplegado con contundencia y sorpresa. Pero el levantamiento comenzó tarde para que las masivas manifestaciones cambien el curso de las elecciones. El levantamiento comenzó tarde para detener la marcha de las medidas draconianas de ajuste que le imponen a España el corsé macroeconómico de la moneda común y las limitaciones ideológicas de su clase dirigente. Ahora bien, aun si no podemos anticipar el curso del movimiento, ni la significación de su impacto, podemos leerlo como síntoma no simplemente de un malestar ciudadano, sino de la toma de conciencia (con pequeñísimas minúsculas) respecto del límite infranqueable con que se ha topado un modelo de desarrollo de España y un modelo de inserción en la Unión Europea.
La entera clase dirigente de la UE se encuentra desprovista de ideas en materia de economía política que puedan hacer frente a un hecho que otrora se consideraba inmanente al capitalismo: los ciclos. Así como el consenso socialdemócrata proveyó un menú común a conservadores y progresistas a lo largo de los “treinta gloriosos” (desde la posguerra hasta la crisis del petróleo), el consenso neoliberal que emergió de la crisis fiscal de los ‘70 provee a esas mismas corrientes un mismo libreto y se condensa en instituciones que han arrancado de las manos de los gobiernos nacionales (al menos los de los países de la periferia continental) los instrumentos soberanos para enfrentar las crisis. Grecia, Irlanda, Portugal y España reaccionan frente a la baja del ciclo económico con más estupor del que cabría esperar ante un tsunami, mientras desde la torre vidriada del Banco Central Europeo en Frankfurt se vigila que a nadie se le ocurra gastar un euro en estímulos económicos y que se paguen las deudas contraídas con la fe de quien está convencido de que el producto bruto se puede expandir indefinidamente.
Los platos rotos se pagan en forma no sólo de desempleo, sino de desazón terminal de una generación entera de jóvenes que llega a su calle cuando acabó la fiesta. En ellos se hace carne la idea opuesta a la que estuvo en el vértice del consenso neoliberal: desde aquí sólo queda seguir bajando.
El reclamo de la Puerta del Sol y de tantas plazas interpela a un sistema estructurado y legitimado por los logros del mismo modelo de desarrollo que entró en crisis en 2008. Las trayectorias importan, y la de España era ascendente en el largo plazo hasta hace muy poco: sólo se llega al borde del precipicio desde una trayectoria inversa.
La novedad de estas protestas (que no cabe ensalzar por su espontaneidad como lo hace la vulgata mediática) para la clase dirigente española es que se expresa por fuera de las estructuraciones tradicionales, partidarias o sindicales. En una lectura optimista, podrían ser el toque de diana para que el progresismo realmente existente intente dar el paso más allá del consenso neoliberal que lo saque de la trampa que lo condena. Las movilizaciones ponen presión en las costuras de la política económica europea, pero no será sin política que esas costuras se podrán hacer saltar. Un camino de desencuentro entre malestar y política puede dar por cierta la perspectiva trágica. Uno de conversación puede ser el único que evite que España y el resto de las periferias europeas se amputen una generación completa.
Con las elecciones como telón de fondo, los “indignados” pasaron de ser unos desconocidos a transformarse en el eje de la campaña. En el Partido Popular al principio no se preocuparon por ellos, ya que consideraban que se trataba de votantes de izquierda desencantados con las políticas de ajuste llevadas a cabo por José Luis Rodríguez Zapatero. Pero la magnitud de la protesta obligó a los conservadores a manifestarse. “Es fácil criticar a los políticos”, se lamentó el jefe de la oposición, Mariano Rajoy, al tiempo que la ultraconservadora Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, les sugirió a los manifestantes que trasladen el campamento a La Moncloa, sede del gobierno central y verdadero “responsable del desempleo”.
En el Partido Socialista, en cambio, reina el desconcierto. Durante la campaña electoral de 2008, Zapatero había hecho hincapié en que él no era “lo mismo” que Rajoy, pero su virulento giro en política económica, aplicando un ajuste impopular y recortando derechos y beneficios a los ciudadanos, hace impracticable hoy ese discurso. Y así lo han entendido los votantes que este domingo le dieron al partido el golpe más duro que pueda haber recibido desde el retorno de la democracia, hace ya más de tres décadas. Algunos dirigentes socialistas han manifestado que “comprenden” las razones del movimiento, y algunos hasta se atrevieron a secundarlo, pero desde la calle los manifestantes no variaron su discurso, llamando a no votar a los partidos tradicionales, a quedarse en casa o a anular el voto, cualquier cosa con tal de emitir el mensaje que se ha instalado en las plazas: “Estamos hartos de políticos y banqueros”.
Como dice Diez para ejemplificar un poco este presente con otro momento importante español de contramano entre el gobierno y el pueblo al que representa, podemos recordar que "a principios de marzo del 2003, era la segunda legislatura del Partido Popular, Aznar flirteaba con Bush y sus secuaces, y el imperio acordaba invadir Irak. En el parlamento se debatía la implicación de España en la guerra, el rey callaba y los medios fabricaban mentiras. En la universidad, en los centros de trabajo, en los barrios, en la gala de los premios Goya, se gritaba: No a la guerra. Nunca como entonces, en la historia reciente de ese país –exceptuando para el caso vasco- se había iluminado de esa forma el teatro político, evidenciando que legalidad y legitimidad pueden ser dos términos en conflicto. La decisión de intervenir en la guerra era legal, claro, estaba siendo tomada por los representantes en el Parlamento. Los representantes eran representantes legítimos, claro, los habían elegido, pero, ¿cómo era posible que tomaran una decisión en contra de la voluntad clara y explícitamente manifestada en las calles? Fue en ese momento cuando, camino del Parlamento en una manifestación multitudinaria, no convocada por ninguna organización ni partido, se empezó a corear “lo llaman democracia y no lo es, no lo es, no lo es”. La consigna fue floreciendo de boca en boca y amenazaba con impactar en el precario andamiaje construido en la Transición: si el parlamento podía tomar una decisión tan importante –nada menos que implicar al país en una guerra- sin contar con legitimidad, ¿no podría estar tomando cientos de decisiones ilegítimas?, ¿no sería que el edificio político tenía algún fallo estructural o de construcción? No olvidemos que, a pesar de que el derecho positivo insiste en identificar ambos conceptos, la legitimidad tiene que ver con el consenso, con la aceptación, con la justificación de la obediencia, con las explicaciones que nos damos para aceptar que nos gobiernen y para obedecer la ley. Es que los procesos sociales tienen algo de orgánico, algo de mágico y algo de memoria. Lo orgánico se manifiesta en lo concreto real, en el cansancio que impide mantener las movilizaciones en su punto álgido, aunque las causas permanezcan e incluso se acrecienten las razones (nadie puede estar en permanente estado de enamoramiento, se moriría). Lo mágico se expresa en la construcción de posibilidad donde solo había improbabilidad, tiene que ver con la potencia, con lo que puede llegar a ser. La memoria es esa mirada del ángel de la historia que hoy en Madrid se pregunta qué cosa fue la Transición española y a qué le llaman democracia”.
Las concentraciones en Sol aún son difusas, líquidas diría Z. Bauman, cierto, pero una foto nunca sustituyó a mil palabras. Hoy había más gente que ayer, ¿menos que mañana? No hay muchas cosas claras pero hay algunas cosas difusas que empiezan a ser repetidas en los grupos que se sientan a conversar en las esquinas, bajo los quioscos de prensa, bajo la estatua de Carlos III y en algún que otro bar de la zona: a) no se puede convertir la concentración en un botellón, que sea un movimiento pacífico, no a los provocadores b) hay que implicar a más personas, por barrios, por sectores. Extender la protesta c) tiene que continuar después de las elecciones.
No es gran cosa, pero es mucho para un país con cinco millones de parados, con un millón y medio de familias con todos sus miembros en paro y sin prestaciones, endeudado hasta el corvejón, vendido y revendido al mejor postor, traicionado por sus organizaciones sindicales, con un sector público amenazado (salud, educación), con una clase política desprestigiada y sin ningún referente político de izquierdas que despierte, no ya pasiones, ni siquiera simpatías. Es mucho para la desmovilización generalizada que se expande con las derrotas, mucho si tenemos en cuenta el desmantelamiento de conciencias de los últimos años, suficiente para fisurar la faz de un sistema que se sabe seguro porque “no hay otro”, de momento.
Dicen que son sólo jóvenes. Una pareja mayor, de Aravaca, decían que estuvieron ayer y que estaban hoy y volverían mañana a las ocho, que su hijo estaba acampado y su hija también estaba por allí. Dicen que son las redes sociales. Los carteles dicen que son las manos y los dedos de quien todavía sabe y quiere escribir mensajes. Sea como sea, el sistema igual no da tregua y prepara su golpe, hoy ganó el PP y era algo sabido. Después de las manifestaciones de 2003 en contra de la guerra en Irak, El PP conservaba el poder suficiente para ganara en las próximas elecciones, eso hubiera sucedido si Aznar no hubiera mentido sobre ETA. Algo no quedaba claro, el pueblo se manifestaba en contra y criticaba el gobierno, pero por otro lado lo votaba.
Como leía en una nota del diario El País, “debajo de los adoquines de la Puerta del Sol estaba, efectivamente, una victoria arrolladora del PP. La izquierda se ha suicidado. En un proceso lento y progresivo que ha terminado esta semana de agitación que ha sido la puntilla a quien ya estaba moribundo. El PSOE y Zapatero se desangraban y esta semana alguien ha metido el dedo en esa herida, hasta dejarle de cuerpo presente. Los ciudadanos han dado la espalda al PSOE después de una legislatura en la que se ha ido desangrando el partido y, sobre todo su líder. La hecatombe ha sido total”. Y eso es verdad, pero por el otro lado, se premia al PP, un partido mucho más conservador, mucho más capitalista, mucho más ortodoxo y neoliberal que al partido que se quiere castigar. Es como echar nafta al fuego y pretender con eso dar una lección.
La verdad es que el electorado del PP, fiel a su partido y conocedor del proceso democrático, sabe que su fuerza está en ir unidos y votar siempre por el partido. Por lo tanto, mientras el resto de los candidatos, de los movimientos se desgrana y se disuelve en luchas, pase de facturas, errores y envidias, el PP tiene su X% del electorado asegurado, el suficiente para ganar siempre o casi siempre que se lo proponga una elección determinante.
El PP mantiene inalterable la movilización de los suyos, no le ha desgastado la mala valoración de su líder o la presencia de imputados en sus listas. Puede más el enorme desgaste del PSOE que la ilusión o el arrastre de sus dirigentes. Pero su victoria queda matizada por el ascenso de UPyD que ha recogido voto de descontentos del PSOE. Son descontentos, pero no tanto como para dar el salto al PP, sino que prefieren "opciones refugio" e intermedio como el partido de Rosa Díez.
Sea como sea, se sigue actuando sobre la legalidad, pero no así, sobre la legitimidad. La izquierda se ha suicidado, el PP es hegemónico en ayuntamientos comunidades y pronto en el Estado y con este panorama muchos pueden creer que los del 15-M ya puede recoger el campamento y volver a sus casas y aún la tienen. La fiesta se le acabó. Es que los que acampan en las plazas es un número insignificante para el cambio, apenas, es un grupo de jóvenes “indignados”, al que se suman algunos trabajadores, algunas amas de casa, o se acercan militantes políticos o sindicales para ganar algo de masa, pero hasta ahí llega el asunto. El resultado de estas elecciones lo demuestra. Hay que hacer mucho más para que el cambio sea factible, posible y manifestable. Pero este es un comienzo, hay que prevalecer en el tiempo, y si no podemos hacer la "revolución", entonces busquemos la "evolución" de la idea (que quizás sea la mejor forma de conseguir un cambio real y definitivo). La Puerta del Sol fue un comienzo, y eso alcanza, es que solo hace falta que alguien encienda la mecha para que la explosión se suceda. Tendremos que mantener el fuego y esperar la explosión para que este sistema que nos desangra, explota y humilla cese de una buena vez y para siempre de ser presente y pase a ser pasado. Debemos liberarnos definitivamente, debemos terminar con el capitalismo, debemos hacer algo, dejar de ser cómplices, cobardes, victimas. Las plazas están abiertas, los suelos abonados, faltan sembrar la semilla que al crecer destruya con su raíz los suelos opresivos del capitalismo.
4 comentarios:
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Me gusta tu pintura de las Plazas, tus conocidas pinceladas que van cubriendo la tela para mostrarme en forma clara, entre tanto màs, una pesada Puerta del Sol que se abre para unos pocos, siempre los mismos.
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Me pregunto si la desaparición del Psoe será la solución? Estuve en España hace quince días y las medidas que propone Rajoy , si gana las elecciones, no son nada alentadoras.El estado de bienestar existe, mal que le pese a muchos, y el temor en Europa es perder lo alcanzado hasta ahora. Abrazos.
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Gracias por los puntos de vista del asunto. Saludos desde Suecia!



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Eduardo:
Muy acertado de tu parte el análisis, el mercado no sólo ha globalizado, sino ha naturalizado completamente el modelo de explotación, intentando eliminar la historia para imponer la perpetuidad de su sistema.
Me gustó mucho la parte de "Europa está saqueando su propio Estado de Bienestar", ese falso Estado de Bienestar, la mentira teórica - y evidentemente práctica- más absurda que se podría conocer.
Este estado benefactor se suman a las mentiras como la -agotada- onda larga expansiva de la economía keynesiana y el new deal.
¿Qué quilombo no? El mundo se cae abajo y por algunos buenos manejos burgueses (buenos debería ir entre demasiadas comillas para ponerlas) intentamos alargar la recesión en nuestro país, aplazarla un cachito más.
habría que hacer más análisis, que pocos -como el Roby Santucho o algunos compañeros del PRT- por ser de constante cambio y podemos verlos hoy en día. Puse esos ejemplos por la capacidad que tenían en su análisis marxista.
El Sistema monárquico no puede seguir, es evidente, pero tampoco la democracia burguesa. La lucha no es sólo contra las tradiciones imperiales y despóticas respectivas a un modelo como la monarquía que basaba sus leyes en ser enviados de dios.
La lucha se desarrolla por una democracia verdadera del pueblo y para el pueblo, por el pan y por la leche (nunca me olvidaré de un viejo perro diciendome "la revolución no se hace por la bolsa de pan y un plan lindo, se hace para no necesitar ese pan y ese plan lindo, para tenerlo).
Podemos debatir o no el carácter individualista de la revolución, elemento con el que estoy de acuerdo, es decir soy de quienes creen que claramente es una revolución individualista y con vicios pequeño-burgueses, pero no podemos dejar de contar lo que transcurrirá de ahora en más, mucho menos descreer de la conciencia que se podrá generar en base a la insurrección popular.
Sabemos que el mundo no está en las puertas de una revolución proletaria, pero si se está dando cuenta que el sistema no va más.
Juan
pd: volviendo a las andanzas.
pd 2: si todavia tenes un mail mandame que tengo que contactarme contigo.